“Utilizamos diferentes rutas para sobrevivir y llegar a salvo”

“En Uganda nunca se oye el ruido de las armas como en Sudán del Sur, pero ahora lo que nos está matando es no tener mayores ingresos. La comida no es fácil de conseguir”.

Para Jork una de las mayores dificultades de vivir en el asentamiento son las largas distancias que debe recorrer. Como le cuesta caminar, necesitaría tener un vehículo propio para desplazarse, pero, como no tiene, siempre depende de la voluntad de otras personas que le lleven o le puedan prestar uno. 

Por suerte, los asentamientos usualmente disponen de los servicios esenciales y cubren muchas de sus necesidades: escuelas, centros de salud, iglesias, campos deportivos, mercados, y centros comunitarios. Estos centros desempeñan un papel importante ya que, en cierta medida, ofrecen protección a las comunidades desplazadas, particularmente a las personas más vulnerables como él. 

Cuando llegó a Adjumani, tal y como establece la política de asilo de Uganda, le asignaron una parcela de 30 por 30 metros para que se construyera una casa y cultivara el suelo. El problema es que con 13 hijos que mantener, tanto las ayudas cómo los alimentos que recibe resultan escasos para Jork.

“Yo solía trabajar en mi país, pero aquí no lo hago. Con la ayuda humanitaria sobrevivimos, pero dista mucho de parecerse a una vida con oportunidades y aspiraciones. Además, me resulta muy difícil ir a recogerla porque no puedo caminar o trasladarme fácilmente”

En los asentamientos la distribución de alimentos es cada vez más irregular, de menor cantidad y de peor calidad, lo que ha provocado un deterioro de la seguridad alimentaria en los hogares y que muchas personas dependan de la acción humanitaria de los organismos internacionales. En Uganda, las personas refugiadas deben optar entre depender de estas donaciones o probar suerte en las ciudades donde el desempleo es desmesurado y la escasa formación de los sur-sudaneses no resulta competitiva. 

A pesar de sus dificultades físicas y de echar mucho de menos tener un trabajo con unos ingresos dignos, Jork intenta ser independiente y hacer su vida de manera autónoma. Al saber varios idiomas, colabora como traductor voluntario con algunas organización. Además, cuando necesita ayuda también le apoyan sus hijos y cuenta con que dos veces por semana el servicio de salud viene a su casa a pasarle consulta. Estos servicios, que gestionan ongd como Emesco, le garantizan tener acceso a la asistencia médica sin tener que desplazarse.   

“Quiero que mis hijos se tomen en serio los estudios, sean responsables y puedan tener una mejor vida que yo cuando tengan mi edad.”

Cuando Jork piensa en el futuro, desea volver a su país y que sus hijos sigan estudiando para que puedan llegar más lejos que él y definitivamente tengan una vida mejor. Se siente agradecido de que no hayan heredado su trastorno motriz, porque supone una dificultad añadida en los asentamientos.  

Mientras, vive su día a día en Adjumani conversando y socializando con sus amigos. Al hablar varios idiomas, conoce a muchas personas procedentes de las diferentes culturas que conviven en los asentamientos y le encanta compartir su tiempo libre debatiendo con ellas sobre diferentes temas.